Ganador, junto a otra narración de Marcio Veloz Magiolo, del premio de cuentos patrocinado por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la alimentación (FAO), ESE ESPERADO DOMINGO fue publicado en Santo Domingo,en el año de 1984, en una edición ilustrada por los pintores dominicanos Elsa Núñez, Cándido Bidó y Guillo Pérez. La presentación estuvo a cargo de mi maestro y entrañable amigo, el escritor Máximo Avilés Blonda.
Quisiera repetir, cosa que hay que hacer mucho en países
como el nuestro que a veces carecen de memoria...
Del espíritu y no del cuerpo es la palabra. Y la palabra es lo mas certero, lo mas firme y preciso para la denuncia,
la proclama,
la protesta...
Máximo Avilés Blonda
Ese Esperado Domingo
Abrió los ojos en el aire fresco que precede al alba.
Se levantó y fue desnudo al patio y se detuvo entre bostezos en la enramada.
Despierta Picaflor que hoy es tu día, le dijo al gallo con la seriedad impregnada
de dulzura con la que siempre hablaba a los animales y siguió su camino hacia la
letrina, en su diaria e invariable rutina de expulsar a los microbios bien temprano,
que en su inocente interpretación de la fisiología, él imaginaba redondos y voraces,
aglutinados en su vientre. Al terminar miró hacia las lomas la humedecida claridad de
ese domingo que había tanto esperado en su angustioso anhelo. Volvió a pasar al lado
de su gallo y se detuvo a mirarlo en su porte orgulloso y fiero de macho peleador y valiente.
Pensó en todos esos meses pasados en los que había traqueado al animal con ayuda de su primo.
El olor del café lo sacó de sus recuerdos y entró a ponerse un pantalón antes de ir
a buscar un jarro caliente y aromático que, lo sabía, le había servido la vieja.
Manuel había llegado a pensar que ella podía oírle abrir las pestañas pues
se levantaba desde que él despertaba y se ponía a prender el fuego para calentar
el agua aun antes de que Manuel se sentara en el catre junto a la ventana que
siempre amanecía abierta, para que el sol entrara en la casa desde que asomara por las lomas.
Entre sobros recordó que su interés en los gallos comenzó
unos nueve meses atrás en la bodega de Paulino. Había ido al pueblo a comprar algunas
cosas que hacían falta en la casa y después de haber terminado las compras se
había sentado encima de unos sacos de arroz a tomarse una malta morena en un rincón de
aquella tienda repleta de artículos que colgaban del techo, se amontonaban en los rincones,
se agrupaban en los setos, se apilaban sobre el mostrador de aluminio opaco y llenaban
los cajones de madera que se encontraban por todas partes, creando una aplastante amalgama
de botellas, latas, sacos, palos, telas, formas y colores, que era
lo que más se acercaba a la idea de un tesoro en el ingenuo asombro de Manuel.
Luego de examinar la tienda echó una ojeada a los clientes y detuvo su mirada en un hermoso gallo de plumas rojizas que llevaba un hombre de piel curtida y sombrero de cuero, con unos bigotes cortos y tupidos. La voz chillona del dueño del gallo lo sacó de su embeleso, y qué vale, no le gusta mi gallo? Y sin esperar la respuesta de Manuel, pidió una botella de ron a Paulino y enseguida hizo un comentario sobre la hombría y os gallos y del cual Manuel sólo retuvo la risa burlona que siguió luego y que continuó retumbando en su memoria, aun después de haber salido de la tienda y haber emprendido su regreso. Volvió sobre sus pasos y entró de nuevo en aquella tienda dispuesto a lo que fuera, pero ya el gallero se había marchado. Confuso, salió a la calle y decidió volver a casa. En su viaje entre lomas, sobre su mula cargada, pensaba en el hombre con sombrero de cuero y en el gallo de piernas desnudas y temblorosas y sintió como si algo se le rompiera por dentro y es mismo le dijo a la vieja cuando, sentado en la mecedora le contó lo sucedido. La vieja lo había escuchado sin interrumpirlo. Cuando Manuel terminó, se quedó pensativa y después de un rato le dijo que mañana arreglaría ese asunto; así que cuando a la mañana siguiente la vio ponerse el pañuelo morado en la cabeza, que era el que usaba para salir, supo que la vieja traía algo entre manos. Prepárame la mula antes de irte para el conuco y Manuel fue a buscar a Matilde al fondo del patio, junto a la empalizada, le puso la silla de guano y los estribos de cuero sin adornos y la dejó delante de la casa sin hacerle preguntas a la viaja pues sabía que ella no respondería y la vio alejarse por el camino reseco.
Manuel regresó del conuco esa tarde con el presentimiento de que algo iba a pasar. No se detuvo en el arroyo a bañarse como tenía la costumbre de hacer cada tarde antes de llegar a la casa, pero se prometió volver más tarde. Lo primero que vio al acercarse a la vivienda fue una mula ceniza ocupada en masticar una yerba pangola, luego vio un desconocido frente a la casa hablando con la vieja, que estaba sentada en una silla en la entrada. Apresuró el paso y se acercó con desconfianza, pero al descubrir que se trataba de su primo José Luís, que ahora vivía en el pueblo, corrió a saludarlo en un abrazo fuerte y repetido que abarcó el recuerdo nebuloso y nostálgico de un bohío perdido entre colinas verdes y pájaros y arroyos de camarones y ginas y cuanto tiempo primo carajo que contento de verlo.
Después de que José Luís se hubo marchado, Manuel se quedó mirando al gallo de plumas rojas y negras que le había traído junto a la promesa de enseñarle el arte de ser gallero. Cada vez que pudiera José Luís vendría a traquearle el gallo y cuando estuviera listo alguien iba a saber quien era Manuel Flores y el recuerdo de un sombrero de cuero en una tienda irreal y lejana le hizo apretar los puños. Te voy a llamar Picaflor le dijo al animal bajo la mirada de los ojos Casio ciegos de la vieja, que a Manuel le parecían filosos como su cuchillo y capaces de leer hasta sus pensamientos más íntimos. Se paró de la mecedora y se fue a bañar al arroyo con la convicción de que su vida tomaba hoy un nuevo giro.
Hoy, Manuel no iría al conuco. Esta mañana no repetiría el rito de esperar el día detrás del fatigoso arado sobre esa tierra avara que era la suya o machete en mano, arremetiendo contra las malas yerbas que le disputaban la cosecha. Hoy iría a la gallera. Penetraría en aquel círculo de palos y de instintos con Picaflor bajo su brazo y en sus bolsillos los cincuenta pesos que poco a poco había ahorrado para esa ocasión. Desde su silla, la vieja vio como Manuel se ajustaba la correa, tomaba su puñal de doble filo y se lo colocaba por dentro del pantalón, en el lado izquierdo de la cintura, dejando sobresalir únicamente la empuñadura de rustico aluminio, con raya rojas y azules sobre un plástico duro y transparente. Después lo vio salir al patio, coger a Picaflor con ambas manos y decirle alguna frase secreta de las muchas aprendidas con José Luís. Lo observó mientras guardaba las espuelas dentro de una caja de fósforos y la metía en el bolsillo y luego colgaba de su cuello el resguardo que ella le había preparado. De vez en cuando, Manuel volteaba la cabeza hacia donde estaba la vieja con su cachimbo de barro, elocuente en su silencio. Manuel sentía detrás de esas arrugas, la terca voluntad y la ternura. La sabía orgullosa de él y segura de su victoria y la de ese gallo que tenía el coraje de los Flores. Lo vio partir encima de Matilde con el gallo bajo el brazo protector. No intercambiaron palabras. Mientras se alejaba sin mirar atrás, Manuel sabía que la vieja estaría rezándole a San Isidro desde la puerta y también sabía que allí lo esperaría cuando el volviera al final de ese esperado domingo.
Al llegar a la gallera se sentó en un banco de madera, cerca de la entrada de aquel recinto circular y abigarrado que le hacía pensar en un inmenso gallinero. Esperó en la sombra caso invisible de esa mañana de sol incierto, en medio del gentío y del ruido de las voces animosas de los galleros. Por todas partes había gentes, gallos, disputas, promesas, apuestas, botellas de ron, caballos. Manuel esperaba. De pronto vio el sombrero de cuero venir por el camino.
Lolo Gutiérrez, que era el nombre del gallero, según había averiguado meses antes, se acercaba con su gallo. Manuel se le acercó y mostrándole a Picaflor le dijo que ese gallito quería saber si el suyo era de calidad. Busque otro gallo vale, que el mío no pelea con pollitos fue la respuesta del hombre, que ni siquiera se detuvo, desapareciendo entre la multitud, dejando a Manuel perdido entre la humillación y el asombro.
Las garzas habían empezado a pasar camino al río y Manuel miró instintivamente en dirección de la loma seca, que era por donde se acostaba el sol. Estaba sentado en el suelo húmedo, bajo una mata de guayabas, observando el camino que venía de la gallera y llegaba al paraje donde vivía Lolo. Temió por un momento que se caía la noche, no podría distinguir su figura, pero en eso lo vio venir a pie por el camino enlodado y esperó que llegara a la altura del charco que había quedado del último aguacero y entonces avanzó para quedar visible, Picaflor y yo lo estábamos esperando, vale.
Los puñales recogieron el último destello de luz de aquella tarde moribunda. Se movían en el viento como serpientes de acero en una danza definitiva y silenciosa. Los dos hombres se miraron a los ojos como sólo se mira en el amor y en la muerte. Inmóviles en el tiempo, sentían el mundo pasar, girando en un vertiginoso carrusel de guayabas mientras sus espuelas de fiero acero cobraban vida propia en sus puños firmes y felinos. De repente la fría daga detuvo el mundo. El puño de Manuel llegó hasta las costillas del gallero. Los ojos de aquel hombre se apagaron como si una nube les pasara por dentro. Manuel lo vio caer desde su puño asombrado y fue entonces cuando fue presa de un gélido dolor. Vio como el puñal del muerto comenzaba, arrastrado por la caída del cadáver, a salir ensangrentado de su vientre. Se dio cuenta, con una pena inmensa, que el cuchillo de Lolo le había penetrado el abdomen, posiblemente al mismo tiempo que él hería de muerte al gallero. La cortante llamada de la muerte ahora le destrozaba las entrañas. Manuel sintió que el tiempo se le escapaba por la herida.
Dejó el cuerpo tendido en el camino y fue a buscar a Matilde, que había dejado detrás de las matas de guayaba. Parece que ganamos, Picaflor, se oyó decir a sí mismo mientras se alejaba por la falda de la loma, agarrado a las crines de su mula con esa mano que había llegado hasta el alma de Lolo Gutiérrez.
Las primeras estrellas había salido y la mula avanzaba, con aquel náufrago de la vida, en medio de luciérnagas y grillos. Manuel estaba ajeno al mundo, sólo sentía el dolor de la vida que se le escapaba desde su herida hacia la nada. La lumbre titilante de la casa apareció flotando en la oscuridad. Manuel se fue acercando a aquel faro, aunque sentía que era sólo una parte de él, la que llegaba.
Apenas si se dio cuenta cuando Matilde se detuvo.
Sintió la mano tibia de la vieja que lo ayudaba a bajar de la mula.
Unidos en la oscuridad y el silencio entraron en la casa. La tambaleante y
amarilla luz de la lampara le pareció la más hermosa de las visiones. Quiso hablar pero la vieja le hizo señas de que no dijera nada. La vio ir al macuto que colgaba en el seto y sacar una damajuana. Para embobar la muerte, le dijo a Manuel mientras le servía un trago. No dijo otra palabra. Se quedaron mirándose en silencio, tratando de no pensar en la mañana que nunca llegaría. En un último esfuerzo, Miró en dirección de las lomas. Parece que no amanezco, le susurró a la vieja, como si se tratara de un secreto y cerró los ojos para siempre.
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