Aquí, el Edén, fue publicado en 1998. La ilustración de la portada es de Evelyne Grimaud. Los adornos gráficos interiores del artista dominicano Roberto Martínez. El diseño y la impresión estuvieron a cargo de Vmana S.A. en Santo Domingo de Guzmán.
Aquí, el Edén
TESTIMONIO
ESOS HOMBRES ERAN AMIGOS.
Juntos vieron cómo las sombras se disipaban sobre el mar,
cómo de las cenizas de un viejo año
resucitaba el alba.
Juntos soñaron la inmortalidad y el amor
mientras miraban estallar el día sobre las olas
y girar la bruma en el amanecer.
Juntos vagaron desnudos por los caminos del alma.
Pronunciaron la palabra sagrada
que abre las puertas de la inocencia,
de la belleza,
de los sueños.
Sobre las rocas coralinas
que dominan el mar,
evocaron los antiguos trovadores,
sus historias de magia y de candor.
Juntos aspiraron el salitre,
la fragancia de las algas y las constelaciones
y se sintieron pequeños bajo el latir de la noche.
Soñaron cementerios marinos,
ciudades de altas torres y bulevares,
esperaron que los años pasaran
y pasaran...
y entibiaron las horas en el ámbar consuelo de Escocia
que mareaba sus penas.
Confiados en el porvenir
se dejaron adormecer por la cadencia de los valses,
por la nostalgia de otros mundos,
por el arrullo de las mareas.
Eran días buenos para la espera,
para dejar que el tiempo se escabullera impunemente.
Eran amigos.
Ignoraban el azaroso destino
de quienes cometen el pecado de soñar.
Inocentes,
se excluyeron a sí mismos del Edén.
Eran tiempos de placeres
y no de mezquindades
o de orgullos.
Eran amigos.
Recorrieron la historia de las ilusiones
con renovado placer.
Escucharon cómo las almendras
se estrellaban maduras contra el suelo,
cómo crujía la hojarasca bajo sus pies.
Juntos respiraron el perfume de la tierra
que era dulce
como serían las tardes del mañana.
Estaban en paz con el mundo
y con visible desparpajo se reían de sí mismos.
Eran pobres
y no lo sabían entonces.
El oro no pasaba de ser una palabra reluciente,
un pretexto de piratería.
Eran sabios.
El veneno de la erudición
no les había aniquilado la timidez que compartían con los ángeles.
No sospechaban el castigo que se reserva
a quienes olvidan estar hechos de barro,
a quienes reniegan la humildad,
a quienes se dejan vencer por la lascivia
y por la gula,
a quienes se proclaman abanderados de la fertilidad
sin querer rendir culto al compartido amor.
No lo sabían.
Os digo que esos hombres eran amigos.
Juntos engañaron la soledad
con promesas precarias y brillantes
como luciérnagas.
Juntos reposaron sus cabezas
en el espaldar de los bancos
y esperanzados escudriñaron los espacios siderales.
Una y otra vez
desearon que el futuro no llegara nunca,
y callaron
mientras la luna se desplomaba azul sobre las ruinas.
Ignoraban que el tiempo ya los había traicionado.
Juntos caminaron bajo la llovizna
aullando versos de Keats.
Eran felices
y apenas si lo sospechaban.
Melosamente los seguía la fortuna
como un perro faldero.
La vorágine de la frustración
no había roído aún su inocencia.
Eran amigos.
Caminaban lentamente hasta el río.
Deambulaban hasta las tumbas de los héroes.
Sonreían
y hablaban con palabras simples.
No era necesario hacer alardes de oratoria.
Alargaban las tardes
hasta que los colores ondeaban en el viento.
El mar ardía rosa y azul tras las palmeras.
La silueta gris de los pelícanos
se columpiaba entre las olas...
Ellos callaban.
La palabra no era siempre necesaria.
A su modo
entendían lo que esperaba cada uno del mañana.
Ayer eran simples las cosas.
Prosperaba la amistad en el aroma del café,
en apretones de manos.
Ayer era gratuito el amor.
La sucesión de los atardeceres
no arrastraba póstumas amenazas.
A orillas del Ozama
las lilas no traían naufragantes resabios de Heráclito
o de Borges.
Disfrutaban del correr del agua
sin ayuda de diccionarios
o de citas.
Ayer era simple el odio.
Cerraban los ojos
y al apretar los labios
el bullir del rencor embarraba sus corazones.
Después,
venía la paz,
la tímida mirada que precede al perdón.
La mano que estrechaban avergonzados
y felices
traía también la absolución de los pecados.
No lloraron entonces
cuando aún era posible.
¿Por qué tenía que pasar el tiempo?
Ya no importa que estalle en oros el amanecer.
Que el aleteo fugaz de las palomas
se desparrame bajo el domo del día.
Que el latir de las aves
y sus arrullos
se desvanezcan en migratorios matorrales.
De nada sirve la belleza
o la ternura
si son trampas para la soledad.
No importa
que la luna sea grande o amarilla,
que el gris del mar
haga callar las olas y las gaviotas,
que las últimas garzas de la tarde
rocen calladamente la faz del lago.
En verdad
de verdad os digo:
esos hombres eran amigos.
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Ella sólo quería
4:23 p.m..
ELLA SOLO QUERIA ESTAR EN LA VENTANA
-inmóvil-
y mientras pasa el tiempo de la lluvia
gozar del frío,
de la penumbra pasajera.
A través de los tenues cristales
ver cómo los pájaros callan
y se aquietan.
¿Pero quién puede amar la lluvia que lo humilla,
el lodo en el pudor de las alcobas,
la pendiente
que en los temporales coquetea
-lasciva-
con la muerte?
Quería sentir
cómo el roce de la brisa
despertaba adormecidos miedos y caricias.
Respirar hondamente el colérico aliento
de la tempestad.
¿Pero cómo no maldecir el viento
con su poblada de hojas muertas,
con su rencor que sacude techumbres
y palomas?
Quería cerrar los ojos
ante el vértigo de los misterios.
Contemplar la inmensidad,
ver el mar en los amaneceres.
Decir adiós a los pájaros
que flotan a ras de las olas.
Acechar la palidez de las estrellas
antes de un nuevo día.
Ser parte
de las cosas cambiantes de este mundo,
de la luz,
de los ángeles,
de la risa.
Sentir el suelo,
llenar su cuerpo de polvo y de milenios
impregnarse del perfume de la inmensidad.
Contemplar las nubes con atávica fe,
redescubrir el malva y el dulzor
en el poniente.
¿Pero cómo sentir la magia del crepúsculo
desde nidos de incrédulos?
¿Cómo presentir los enigmas
desde ciénagas viles?
¿Cómo se puede ser feliz lejos del mar?
¿Cómo no maldecir el alba,
los luceros,
el doloroso nunca de las gaviotas?
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Vas a llegar tarde...
Sábado 6:56 a.m.
SE LEVANTA DE MAL HUMOR.
Maldice la taza de café que humea en sus manos.
En la radio
las noticias hablan de políticos
que hablan de políticos
que hablan...
¡VAS A LLEGAR TARDE!
Grita la voz de siempre en la cocina.
Debe atrapar un autobús.
La calle está aún en penumbras.
El autobús no pasa.
Los gallos se responden a lo lejos.
Indecisas acuarelas empañan el oriente.
Es tarde.
Piensa en el autobús,
en esa cosa abstracta que no pasará nunca.
Llegará tarde.
Se apresura.
¿Por qué le ha de importar el claro azul
del cielo,
el pino que se inclina
y que murmura?
¿Por qué le ha de importar el viento gris,
las nubes rotas,
el arrullo del ave sobre el árbol,
la libélula inmóvil en el aire?
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