monet monet monet

En torno a: El día de todos



La habitación giró levemente, luego más y más rápido como un tiovivo curiosamente silencioso. El techo de hormigón se convirtió en materia invisible; las estrellas rodaron en el cielo a través del segundo piso y él, carne y angustia, respiración, tiempo y dolor, observó el universo con ojos recién nacidos.
EL DÍA DE TODOS



De Sombras y de Dioses

El hombre dio media vuelta y levantó la mirada hacia el abismo. Hasta entonces había estado observando la desnudez de las colinas grisáceas, las rocas expuestas al frío y el valle cubierto de polvo sideral desde antes, mucho antes del nacimiento del primer primate de su especie. Lo que el hombre vio lo dejó sin aliento.
Frente a él flotaba límpida, azul y blanca, cercana y arrobadora
La Tierra.

Minutos antes el hombre había llegado a la luna, había dado un precavido paso y había repetido una frase aprendida de memoria, destinada a la posteridad. La emoción era tan intensa que olvidó pronunciar un artículo indefinido en la primera parte y ni siquiera lo notó. Una vez cumplido aquel deber dio otro paso, embargado esa vez por una súbita euforia.
La fuerza de gravedad era menor que en Wapakoneta, constató.
A pesar del pesado traje presurizado podía saltar sin esfuerzo en aquel fantástico paisaje, inalcanzable hasta entonces para el género humano. El hombre se llamaba Neil.
Al llegar a la luna estaba convencido de pertenecer a un país, los Estados Unidos de América, pero cuando giró sobre sus talones y contempló el planeta natal, sospechó que tal vez su gentilicio era más complejo. Si en ese instante preciso un extraño le hubiera preguntado de dónde era, él hubiera alargado su brazo y apuntado el índice hacia la reluciente esfera rebosante de vida y de futuro que reinaba en el horizonte y cuya órbita se expandía en una interminable espiral entre las constelaciones.

Conciente de su agitación, Neil hizo un esfuerzo para sobreponerse; debía proceder sin más tardar a las tareas previstas por la agencia; la cronología del viaje espacial era implacable. Se alejó del punto de alunizaje a fin de recoger algunas muestras de suelo, y quizás porque la realidad nunca ha dejado de imitar al arte como había descubierto Oscar Wilde, Neil creyó escuchar, a través de su casco presurizado, las vagas notas de un valse de Strauss y hasta le pareció ver, en el cercano horizonte sumido en las penumbras, la silueta de un hombre parecido a Stanley Kubrick.

Los años han pasado desde entonces, pero aún recuerdo esa noche como si fuera ayer. En ese largo camino he aprendido algunas cosas. Por ejemplo, que no es preciso ir a la luna para sentir y para ver lo mismo que Neil; cada doce horas las sombras nos aclaran el mundo y revelan la inmensidad de un espacio libre del engañoso azul que esconde el universo. Por ejemplo, que la estrella llamada Sol al alumbrar las realidades cercanas y palpables, nos oculta otras, impidiéndonos ver más allá de lo cotidiano. Por ejemplo, que la noche nos permite contemplar nuestra vida desde un ángulo menos limitado y comprobar que el espacio y el tiempo, irremediablemente inseparables, son dos caras de una misma moneda cósmica. Esa visión de inaprensibles abismos nos puede hacer sentir frágiles y patéticos, nos puede tentar a cerrar los ojos, a dormir y a soñar con mañanas llenas de sol, pero al menos nos invita imaginar nuestro destino desde una nueva y grandiosa perspectiva.

Cuarenta años después de aquel episodio, releí por última vez el manuscrito de la novela El Día de Todos antes de enviarlo a mi editora y noté, como si acabara de descubrirlo en ese instante, que la primera escena transcurría en la noche, que sus entrecruzadas acciones sucedían, en su mayoría, bajo un abismo de límites inciertos, en acentuados claroscuros de penumbras; que mis personajes, simples siluetas que apenas aspiraban a una parte fragmentada de humanidad, parecían en todo momento presentir la presencia de incomprensibles dioses hechos también de sombras, como ellos; que era en la noche, sólo en la noche, cuando adivinaban sus promesas de dicha o de sufrimiento, cuando sentían dudas e incertidumbre de futuras penitencias y no pude dejar de preguntarme si había alguna relación entre aquella lejana noche de julio, cuando el muchacho que era yo entonces caminaba despreocupadamente bajo los almendros de Gazcue y entre las vidas de mis personajes, repetidas una y otra vez en la geografía de su limitado universo de sílabas y de páginas.

Ir al primer párrafo



Migración haitiana y deforestación

Un artículo de Simón Guerrero

Hace ya muchos años, el escritor Juan Carlos Mieses, su esposa Eveline y yo hicimos un viaje por la vieja carretera del Cibao, atravesando el país de este a oeste. Al llegar a la frontera giramos hacia el sur y recorrimos la fantasmal "Carretera Internacional". Fue una experiencia desgarradora. Un paisaje lunar en el que de pronto surgían, como si se tratara de un espejismo, niños haitianos hambrientos y desnudos gritando "chele, chele, chele". Vestigios de esos recuerdos indelebles sobreviven en "El día de todos", la novela de Mieses que ya está en la imprenta de una prestigiosa editora.

Se trata -cuenta el autor- de una monstruosa conspiración ideada por Jean Pierre Bouchard, uno de esos demonios colectivos que embrujan a las sociedades, quien concibe un plan, tan inverosímil como horrendo, para desencadenar el caos en la isla. Su propósito último es provocar un éxodo masivo desde Haití para aliviar la miseria endémica de su nación. Para lograrlo se vale de la magia, la desinformación, la manipulación, el engaño y el crimen.
"Si tuviera que definir la novela El Día de Todos por medio de una alegoría, diría que es la historia de una pesadilla. Los pueblos pueden fracasar en su intento de realizar un sueño común, un proyecto común, pero ese fracaso no les impide compartir una pesadilla colectiva. La historia pone de relieve una preocupación actual y recurrente en nuestra sociedad y plantea una pregunta que aún espera una respuesta responsable." Otras reflexiones del autor sobre las motivaciones profundas de su novela aparecen en su blog:

La vida de la novela late en la voz de Tit'karine, una niña haitiana que es testigo inocente de la trama:
"Sus pequeños pies descalzos hacían volar nubecillas de polvo que el viento deshacía y arrastraba. De esa manera ? y era la parte que más le gustaba ? las pisadas se convertían en brisa y viajaban por los caminos del mundo."

Alguna vez se alude en la novela al contraste entre el lado haitiano, reseco y sin nada verde en que descansar la vista, y el lado dominicano, tan boscoso que la línea fronteriza (caso único en el mundo) deja de ser imaginaria; hecho que a los dominicanos nos crea la falsa ilusión de que nuestros bosques no corren ningún peligro. Tit' karine no alcanza a entender la diferencia:
"Del otro lado se extendía la Dominikaní, una tierra llena de peligros de donde la gente volvía diferente o simplemente nunca retornaba. Un lugar repleto de grandes árboles, de ríos y de pájaros de colores; al menos eso había escuchado, pero ella no lo creía del todo porque más allá de la carretera no veía más que las mismas piedras, el mismo barro, los mismos troncos de árboles muertos, el mismo sol y el mismo cielo de la aldea."

Cuando Tit'karine interroga a su abuela los diálogos son de una belleza alucinante:
"¿Adónde se va el sol todas las noches, Memé?
Se va hasta el fin de los caminos a hablar con Legbá y a preguntarle si debe salir otra vez; porque los días son un regalo de Legbá, mija."

Ir al primer párrafo



La clarividencia de la literatura

Un artículo de José Miguel Soto Jiménez



A Juan Carlos Mieses lo conocí hace unos años, aunque “lo conocía de toda la vida”. No estoy hablando de metáforas sorpresivas para desconcertar al lector.
Me refiero a que antes de conocerlo en persona, en una de sus visitas al país, había leído ya su obra premiada y por la referencia de su compañero fraternal, mi profesor y amigo Simón Guerrero.
Acabo de leer su novela El día de todos donde ese poeta excepcional que es Juan Carlos, sin tertulias, parcelas ni guerrillas literarias, se encumbra de nuevo como solo él sabe hacerlo.
Como diría “Lilisie” refiriéndose a la política, Mieses “sabe cuando subir la güira” en el momento preciso, para poner “el dedo en la llaga” de los atolondrados con una prosa exquisita, en el dilema mismo de la dominicanidad.
El tema dramático es repetido y patético, motivado por viejas y arteras intenciones, rencillas, desacuerdos, posturas antinacionales y descuidos imperdonables.

Siete días novelados, vistos por los ojos de una niña haitiana, que, quiera o no quiera verá con ojos atónitos la resurrección colérica de los ancianos héroes de la dominicanidad. Rechazando agresiones, manteniendo los limites que contienen una heredad que le pertenece a las futuras generaciones de dominicanas y dominicanos, y que nunca cederemos, “pésele a quien le pese”.
No hay conjuros literarios que valgan contra la fe y el derecho. Nada de racismo y xenofobias. Nada de abusos y truculencias. Nada de ilusiones y propósitos aviesos, escondidos en falsos humanismos, que siempre van en contra de una soberanía demasiado chantajeada, por eufemismos ensamblados.
Fusión, integración, unión, federación, quimeras imposibles en la realidad de “una isla al revés o al derecho”, que debe defender y mantener sus respectivas identidades.
Claro que para Mieses, siendo la poesía su “primera lengua”, las imágenes le salen al encuentro a cada rato, por cualquier esquina, como si le reclamaran algo, con el derecho y el celo natural e impertinente de las concubinas o de las amantes.

Juan Carlos, desde lejos, pero siempre desde muy cerca, no puede abstraerse como dominicano auténtico e intelectual fuera de serie, de la responsabilidad del gentilicio y lo hace subliminalmente, induciendo una advertencia enredada entre las patas de la fascinación literaria.
Su novela tiene mucho de eso, aunque lo deje caer en la trama, como agua de rocío. Una advertencia sagaz que vale toda la novela.
La deuda del origen y de la crianza, andando por los intricados caminos de la sangre, remonta el sueño sin querer, para concretizar la realidad y sus amenazas.

Es la geopolítica, la historia y la cultura, que trepidan bajo los pies del poeta, preámbulo de la mutación simbólica, donde la historia se hace sueño y los sueños carne, y entonces de nuevo, es la voz atemporal del poeta, que incorpora a Unamuno: “Con maderas de recuerdos armamos nuestras esperanzas”, y una determinación: Es necesario seguir siendo lo que somos, le responde el presente, y disculpo en Mieses los eufemismos propios de la poesía y sus caminos indirectos.
En el trasfondo, otro poeta, Miguel Torga, a manera de coro de tragedia griega recita: “Patria es un pedazo de tierra defendida”, mientras Anderson, con la voz de la democracia advierte sentencioso: “la historia se repite primero como una tragedia y luego como cultura popular”.

¿Qué es lo que nos hace libres? ¿La verdad, como decía Juan el apóstol, trascendiendo al Escudo Nacional? O el servicio a los demás, como proclamaba el Rey Arturo a los Caballeros de la Mesa Redonda. Las dos cosas le digo yo, por los trillos de la novela: Nuestra verdad y solo ella. El servicio a los nuestros, corporizado en la nación, nuestra verdadera razón.
Es a la tragedia a lo que alude el poeta en su novela. Su nacionalismo no está contaminado por la invocación de hechos execrables. Río con nombre miserable que recuerda genocidios contaminando a la luz del derecho las razones justas de la dominicanidad. Es la advertencia de un peligro encarnado en nuestros días la que acompaña la utopía y su aspiración legítima de paz.
“La realidad supera la ficción” y el pueblo, con los poetas a la cabeza, dicen “cosas que son, o quieren ser”. Quintas columnas, oleadas de agresión, pobladas, secuestros de símbolos nacionales, estampidas azuzadas sobre una pobreza que es nuestra pobreza.

El tema ha generado novelas, comenzando por el “Masacre se pasa a Pie” de Freddy Prestol Castillo. Pero los autores y autoras haitianas han escrito más que los criollos sobre el asunto, siempre irreverentes a la dominicanidad y a sus próceres.
En El día de Todos la clarividencia del poeta, es increíble y supera la de la mayoría de nuestros políticos, legisladores o cientistas sociales.
La trama de su novela, es el argumento o parte de la hipótesis sobre la cual se sostiene uno de los juegos situacionales de nuestra Escuela de Estado Mayor.

El supuesto a partir del cual se puede desencadenar una escalada de violencia que nunca deseamos, pero que hay que prever para defender la “Soberanía Nacional”.
Clarividencia, coincidencia, casualidad, “chepa” o drama a “boca de jarro”, como se suele decir en buen dominicano. Los poetas siempre viendo más allá, leyendo en el paisaje la verdad presentida en los crepúsculos.
Lo demás es buena literatura, buena intuición, buena investigación, buena técnica, excelente manejo de la lengua, mucho talento, poesía, mucha poesía.

Ir al primer párrafo



Destinacion: El día de todos


monet monet monet
Validated xhtml 1.0 Strict