Poemas de Floriano Martins
EL PASADO AÚN ESTÁ POR VENIR
Versió castellana de Benjamín Valdivia
Nada tiene principio a donde vamos.
Una mínima noche se agota en sí misma.
Toda historia se disipa con el poniente.
Caminamos por las calles de un desierto en que el silencio no se enfurece con la ausencia de memoria
de la inmensidad que se ocupa de nuestros gestos más fugaces.
Tú no estás aquí para decir que siempre me amaste.
No hay nada más desconcertante en el olvido que los rumores de otra existencia.
¿Cuánto de lo que jamás fuimos cargamos dentro de nosotros como una garantía de indiferencia?
Mal pronunciamos las vislumbres de la identidad.
A donde vamos ninguna imagen nos reconoce.
La neutralidad absoluta en todos los idiomas.
No me esperes para romper el sello de tus inquietudes.
El infortunio transita como una ofrenda insospechada.
Todos somos las piezas marcadas de un juego que no se completa.
La morbidez ama sus luces decaídas.
Leemos complacientes las crónicas que nos embriagan de verosimilitud.
La realidad no tiene la menor idea del papel que desempeña en nuestras vidas.
Seguimos en camino hacia un lugar en que el caos se rehace considerando la apuración de los acontecimientos.
No me revelarás nada que ya no tenga yo disipado.
Libre de los quebrantos sentimentales.
Libre de los pronombres personales.
Avanzamos a lo largo de la clandestinidad ciudadana en que la ficción nos envició.
No hay lugar para lo que no sea la blanda arena de la escritura de los misales ante el bostezo del mar.
Lo que tiene de lícito en la belleza no depende de su edad.
Mi angustia se quiere estremecer en tus manos.
Corta el cerco.
Rasga el bloqueo.
No tienes que estar aquí.
No me puedes amar de esta manera.
A donde vamos nada será demasiado.
Soportarás el mundo absolutamente correcto
en descripciones de caminos que no se repiten
y anhelos al fin concretados de nunca volver a tocar en cualquier asunto.
El amor estará muerto cuando deje de repetirse.
No recordamos un engaño cometido ahora.
Ni sabemos qué es lo cierto.
Es posible que un día un poeta haya escrito que la muerte es una estatua.
La ficción se convierte en la única convicción
de que la realidad no puede ser molestada en sus caminos sin principio alguno.
No me amaste hasta aquí sino para escribir un libro.
No tenemos ninguna idea precisa de lo que somos.
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EN ALGÚN LUGAR UN MAPA
¿Cuántas serán las migajas del espíritu,
cuando este mal deletrea sus extravíos?
Un bocado de nada, ¿cuánto le cuesta?
¿Cuántas veces soportará el desatino de ser
tan excesivamente nada entre escombros?
¿Qué precio en cada aguja que lo deshila?
Una vez que empalidece el mapa de la ilusión,
ya no reconoce un vestigio propio.
De tanto mirar para sí, ¿cuántos ve hasta ahora?
¿Será de este modo que se disipa, tan líquido?
Quien sea que encuentre durante la caída,
con ninguno contará que lo defienda de sí.
Estará siempre en deuda con los espejos,
las imágenes despedazándose a cada resplandor.
¿Qué importa cuántas eran un minuto antes?
Al llevar las manos a los ojos, ¿cuánto repinta
de lo que hasta entonces nadie presume haber perdido?
¿Sabría deshacerse de lo que hasta ahora no tuvo?
¿Cuánto excavará el recuerdo y la ambición,
sin distinguir a cuál agujero se dedica más?
Al roer las voces que lo cercan, apenas cenizas.
Formas arrastradas para el límite de lo ilegible.
Dónde poso la mano sin que me escapes, dice.
Y ya casi nada más decía, limitado a la caída.
¿Planearía tornar a cada espejo sumergido,
para rehacerse de la imagen mal vislumbrada?
Lo que le costaría en naufragios, ¿interesa?
Cuerpos de la ilusión inmersos en agua salada,
como ríos atormentados por un ritual.
¿Cuántas veces no somos sino lo que fuimos?
En alguna parte un dios, un niño travieso, luz
quemada en plena ilustración del espíritu.
¿Cuánto cuesta recorrer el dolor entero?
¿Qué más retuerce al ser que su reverso?
Una gran lengua que retenga toda la vida,
y que nos diga lo que tenemos de más íntimo.
Caer en la travesura del tiempo o del espacio,
he aquí cómo ceder al arte de matar el espíritu.
¿Cuánto de mi depósito en la cuenta del vivir?
¿En común, los escrúpulos de la inocencia
y las sospechas del crimen, qué tienen?
Decaído el espíritu coquetea con vagos perfiles.
Quien sabe el peso del vacío y su destino,
calcule la tarifa del correo y lama
la estampilla como el espinazo del infortunio.
¿Qué suscribo cuando me libro de mí?
¿Hacia dónde voy si observo el mar cayendo
por todas partes y todo es río desmoronado?
Estirar el límite del fin hasta que reviente.
Que la ilusión no tenga sosiego y se rompa,
como la esperanza arruinada por capricho.
¿Cuántas migajas vagando por el bosque,
desencontradas de lo que ya nadie fantasea,
el espíritu encallado en conjeturas?
Un rosario de caídas, ¿a qué precio?
¿Qué transparencia soporta una noche
de sueño bien acomodada en sí misma?
Las imágenes se retuercen, convertidas en llama
dentro del fuego. Un pájaro se dice otro
al deshacerse de sus alas carbonizadas.
¿Cómo retener la escritura de un espíritu acabado?
Por donde cae salpica laberintos y resurge
y, óseo, vuelve a morir por todas partes.
Deshacerse de la neblina, de la arena, de los golpes
del deseo labrados en la piel de la prudencia,
cuesta más caro que el insomnio, ¿quién lo paga?
¿Cuánto se pide por el enredo de la semejanza?
Deuda así no se paga en vida. Dios
alguno cobraría tan poco por sus muertos.
La vida es excesivamente nula de lo que somos,
y se revela en el dolor que lanzamos contra
el espejo, quiebra, guarda, ningún descuento.
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ALTARES DEL CAOS
1
Cuerpos, todos ellos iluminados por el oro
de su imagen insomne, pequeños fantasmas
devorados por la luz de la inercia, contagio
de caídas a flor de una atormentada utopía.
¿Quién nos abandona despierto en sí mismo?
¿Desterrados los largos planos urdidos en alarde
mientras el tiempo se estiraba en silencio?
¿Quién me sigue cuando sigo rumbo a lo visible?
Cuerpos de no se sabe cuál dolor, figuras
del abismo, sombras de nuestra propia sombra.
2
Cuerpos enteros en fuego, de celosos curupiras
que asombran la duda sagaz de las cenizas
en los mohosos escritos de un dios, todos.
¿Cuántos éramos? La suma de invocadas caídas,
un lar de entregas, albergues de la soledad.
Corriendo el mito oímos el lamento, tantos,
el corazón cubierto de dolores en cada habitante:
Todo aquí lo creamos a imagen del deseo, decía
la placa a la entrada. No se exige del fuego sino
que queme o ilumine, lo que fuera, todo.
3
¿Qué hicimos contra el dolor? ¿Qué planes?
Soluciones químicas, de rápido transporte,
euforia de demonios cada vez más raros de sí.
Continúe el caer, hasta que la caída desaparezca.
¿Para dónde nos movemos si nada se mueve
en nosotros? Lo que buscamos más allá de la caída
no pasa del retorno de la prodigiosa sombra
de lo que más tememos: simplemente pensar.
¿Por qué escribo? Porque así muere
mucho mejor en mi el asesino que soy.
4
¿Regresar de dónde? ¿Habrá sido largo el trayecto
si todavía no salimos de la codicia, del remordimiento
o del olvido? Si había algo en mí
escondido era el destino, de seguro zumbando
por las quejas y enjuiciamientos, el noble emporio
de valores de nuestro tiempo, trapos de memoria,
mercado de encantadoras criaturas que adoran
e injurian y matan y murmuran y encubren
los cuerpos cortados en fuego para que se anime
el día de la palabra que no falte a nadie más.
5
A la sombra del suceso, un ciego nos redime.
¿Qué hora tiene? Tal vez haya un crepúsculo
allá afuera. Algo que pueda atestiguar lo inamovible
de tantos cuerpos, asentarme en sus motivos.
¿Seremos sólo un mismo dolor ardiente, capricho
de alguna sombra que nos ausculta y define
mientras buscamos reposo y agonía, nuestros?
Cuerpos restados de nada, reescritos en el vacío.
Se tornan innumerable patrimonio de sus días,
gente de negocios que no parece humana.
6
Doble de mi propia muerte destinada,
atisbo de lo que represento, agonía íntima.
Antes discutíamos: ¿hay un consejo de hombres
o de dioses? Apenas un toque de la carencia.
Caricia de los puntos mágicos que actúan, sordos
amuletos, sumados a lo que de ellos hay en mí,
toda la tierra despeñada sobre el verbo, el sonido
de cintilaciones que urden al imagen que clava
el sentido en la piedra - sea el deseo la locura,
la poesía la azotada instancia del equilibrio.
7
¿Qué esperan de sí cuerpos que solamente ahora
dejan de sangrar? ¿Una muerte en tercera persona?
Todo los lleva a creer que somos parte de aquello
que fuimos. Si nos falta aire y aún bailamos,
luego seremos el aire y la danza olvidados en sí.
Nunca estamos camino de nada, nada, nada
en nosotros anticipa una cosecha por alcanzar.
Sombras que sangran en la noche al son de la duda.
Una rebaba de hábitos, penumbras de agonía,
verbo trocado con el infierno, rigores sin alarde.
8
Iluminados los cuerpos, a leerlos convidado fui.
Traje conmigo un rabino y la duda acerca
del origen de la caída. El dolor nos abandona
en la medida de la gloria de su rastrojal solemne.
Estamos aquí para el infierno y no hay medidas
para su vaticinio. Cuando mucho acentuamos
el propio fin, deseado con oculta precisión.
No nos libera el deseo de algo que sabemos.
Cuerpos sangran y fulgen y gozan y se abisman.
Nada puede el dolor de uno contra el altar de todos.
9
Perderse no es ya con el cuerpo, no tiene
cómo combinar los errores con sus aciertos.
¿Fidias aún esculpiría sombras? ¿Cuántos crímenes
albergará en tan preciosa arcilla? No importa
qué nombre le demos, una vez aceptado su arte.
Me explicó un día que ellas significaban por
sí mismas y que apenas les da un cuerpo.
Cafute, Azufrado y El Maligno, misma y múltiple
figura que baila con el lenguaje del asombro
abatido, espléndido, significando casi nada.
10
¿En qué tiempo ocurre el verso? ¿De dónde proviene
todo el mal de la poesía? Mira el viejo dolor, la sombra,
ve que nos asombra su ardor. Furtivas
serpientes de la imagen, el maizal de sus lunas.
Si no viene de la nada no es creación, me dice
la disforme criatura que semanas ha residía
en los fondos de una taberna, desnuda ardiendo en frío.
No pasa de débil atisbo el arte hoy aceptado,
vértigo del doble, delirio de otro prometido.
Para librarse de ese letargo sólo hay que crear.
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