El ultraísmo en
Tomás Hernández Franco
Hace muchos años que tenía una preocupación poética: no sabía de dónde venía ese afán ultraísta puro de utilizar metáforas que tienen muchos de nuestros poetas, especialmente los de provincias, y creía que la habían recibido directamente de las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna o del joven Manuel del Cabral que alcanza deslumbramientos magníficos en poemas breves con un par de imágenes.
El primero que conscientemente utiliza elementos ultraístas en su poesía es Andrés Avelino con su 'Chalina negra cual chorro de alquitrán' y en otros raptos, que por cierto no abundan demasiado. Ni Avelino era un poeta muy leído en el Cibao donde abundaba esta fiebre de eternizar una imagen ni el giro usado por él fue el preferido de los poetas del norte.
En los cuentos de Tomás Hernández Franco hay deslumbrantes metáforas. Las hay en los cuentos y en La Mañosa de Juan Bosch, pero el mecanismo en sí, la forma un poco tramposa de construir las metáforas de algunos poetas criollos, incluyendo postumistas como Pedro María Cruz, y algunos independientes como el temprano Pedro Mir, me seguían preocupando.
Contrario al supuesto de que los poetas somos creadores, regularmente imitamos algunos mecanismos y cuando se trata de ciertos facilismos verbales deslumbrantes como las Greguerías que se publicaban profusamente en diarios y revistas desde los años veinte, el calco se puede prefigurar.
Sin embargo, teóricos del ultraísmo, como Jorge Luis Borges, y quien más tarde sería su cuñado, Guillermo de Torre, que estuvieron en el movimiento de Cansinos Asséns desde sus principios en el 1918 y 19, ha dicho cosas como las siguientes:
1. Reducción de la lírica a su elemento primordial: la metáfora.
2.-Tachadura de las frases medianeras, los nexos y los adjetivos inútiles.
3.-Abolición de los trebejos ornamentales, el confesionalismo, la circunstanciación, las prédicas y la nebulosidad buscada.
4.-Síntesis de dos o más imágenes en una, que ensancha de ese modo su facultad de sugerencia.
Y, según Guillermo de Torre:
Si la poesía ha sido hasta hoy desarrollo, en adelante será síntesis. Fusión de uno o varios estados anímicos. Simultaneísmo. Velocidad imaginativa. La rima desaparece totalmente de la nueva lírica. Algunos poetas ultraístas, los mejores, utilizan el ritmo. Un ritmo unipersonal, vario, mudable, no sujeto a pausa. Acomodado a cada instante y a la estructura de cada poema. Igualmente, en muchas ocasiones, se suprimen las cadenas de enganche sintácticos y las fórmulas de equivalencia-'como', 'parecido a', 'semejante a'-. La imagen, por lo tanto, no es tal en puridad. El parecido es realidad. La imagen se identifica con el objeto, le anula, le hace suyo. Y nace la metáfora noviformal. En cuanto a los medios técnicos, a la grafía, el ultraísmo adopta la escritura común a otras escuelas: suprime la puntuación. Esta es inútil. Ata, mas no precisa. El sistema tipográfico de blancos y espacios, de alineaciones quebradas, le sustituye con ventaja. De este modo el poema prescinde de sus cualidades auditivas --sonoras, musicales, retórica--- y tiende a adquirir un valor visual, un relieve plástico, una arquitectura visible, que entre por los ojos.
En cuanto a los ejemplos, veamos primero las greguerías y luego los ejemplos que toma Borges:
He aquí algunas que Guillermo de Torre considera afines al movimiento:
El monóculo es la llave de las miradas. La luna es un banco de metáforas arruinado. La palmera ancla la tierra el cielo. El piano tiene esqueleto de pescado. El murciélago vuela con la capa puesta. En el fondo de los pozos suenan los discos de la luna. Nos muerde el ladrido de los perros. Se apagan las sonrisas como las luces. La golondrina parece una flecha mística, etc. etc.
Borges, por su parte, pone como ejemplos de ultraísmo, entre otros:
Andar
con polvo de horizontes en los ojos
tendida la inquietud a la montaña.
Y desgranar los siglos
rosarios de cien cuentas
sobre nuestra esperanza (Pedro Garfias);
Rosa Mística:
Era ella
Y nadie lo sabía
Pero cuando pasaba
los árboles se arrodillaban
Y en su cabellera
se trenzaban las letanías (Gerardo Diego).
Viaje:
Los astros son espuelas
que hieren los ijares de la noche
En la sombra, el camino claro
es la estela que dejó el sol. (Guillermo Juan);
Primavera:
La última nieve sobre tus hombros
¡Oh amada vestida de claro!
El último arco-iris
hecho abanico entre tus manos
La primavera es el poema
de nuestro hermano el jardinero. (Juan Las);
Epitalamio:
Sobre tu cuerpo desnudo
mi voz cosecha palabras (Heliodoro Puch.
Hay los casos de rupturas como en Casa Vacía de Ernesto López-Parra:
Toda la casa está llena de ausencia.
La telaraña del recuerdo/ pende de todos los techos.
En la urna de las vitrinas
están presos los ruiseñores del silencio.
Hay preludios dormidos
que esperan la hora del regreso.
El polvo de la sombra se pega a los vestidos de los muros.
En el reloj parado
se suicidaron los minutos.
Entonces, ocurre que a su regreso de Europa, Tomás Hernández Franco colabora en el periódico Patria que dirigía Américo Lugo, donde hay publicaciones suyas desde 1927.
El 23 de abril aparece Montaña Rusa (59 versos) y Tomás, ebrio de movimiento inicia su poema así:
En el vesperado Coney Island/ de mi vida/ Mi alma/ vertiginosa montaña rusa/ me abre abismáticos vacíos que gravitan/ sobre la emoción de mi plexo solar / y perspectivas nuevas/ caen en cascadas de mis pupilas/ como una geométrica leyenda de estalactitas endiabladas.
El 28 de junio, publica Exposición nacional y allí dice:
Sobre el regocijo de los otros
mi fatalidad
tiró el ancla en el remanso de mi bostezo
Las banderolas
-pañuelos en los bolsillos de la tarde-
parecían mujeres en ronda cantando aires alegres.
Sin embargo, me parece que lo más imitado no fueron las imágenes un poco avant garde para el momento en el país, sino unos poemas que Tomás tampoco incluyó en libros y que voy a copiar in extenso:
Tango
Te quiebra mi recuerdo
en los cristales de la fatalidad
-pájaro loco en la noche- Espiral sin motivo.
mi corazón soy yo
y atraca en mi garganta latir
y a penas las fronteras de mis sienes
lo separan del mundo.
Diques
que un día haré saltar
para que quede libre mi corazón
¡Mi corazón!
Monarca de incógnito
que me dijo su verdad esta noche
mascando el chewing gum
de mi médula
y empinado sobre una música oída
hace tanto tiempo
y vuelta a oír
Mi corazón
en el florecer de mi inocencia
quise que incendiara al mundo.
ahora
Ahora
me queda sólo tu sonrisa
y esa música en el paisaje aldeano
pájaro loco
suicidando en los cristales de la fatalidad
¡Mi corazón!
Y el 4 de febrero de 1928, apareció este un poco más trabajado.
SIGNO
Todos los paisajes del mundo están dormidos
en tus pupilas
Profunda Geografía
desde mi deseo se deslumbra de perspectiva
y se acuclilla de horizontes.
San Sebastián explorador de lo infinito.
En tu mirada
-todos los libros del mundo están escritos-
Literatura en blanco
borrados jeroglíficos de avatares y decadencias
donde apenas la bastardilla de mi anhelo
pone su fulgor al margen
de tus desmayos y tus sobresaltos.
todas las caricias prosperan en tus dedos
y hay besos de la aurora del mundo
jugando en tu sonrisa.
Lo he descubierto todo
perdido en los Saharas
de tus grandes silencios
-inquieto-
por el paisaje. Promedio donde
detrás de la muralla de China de tus pudores
florece la flor roja de tu corazón.
Mientras
fui yo quien puse nebulosa de mis besos
sobre la vía láctea de tus flancos.
Naturalmente, si eso se podía decir y lo decía un poeta joven importante, con la aureola de haber llegado de Europa y de traer las últimas novedades, mucho fue lo que se quiso calcar y se calcó de Hernández Franco durante esa época que es poco conocida de su producción literaria.
Los estudiosos de nuestras letras han pasado por alto estos detalles y otros hitos culturales, por simple ignorancia de un hecho que ahora no tiene la relevancia que tenía entonces. Los poetas dominicanos de finales del siglo XIX y principios del XX leían las publicaciones periódicas que proliferaron en nuestro medio, sobre todo los primeros treinta años del siglo pasado. Se empastaban y guardaban las colecciones de revistas y periódicos y, algo mucho más importante, los jóvenes poetas no eran parricidas sino que, respetaban y seguían a los mayores. Se puede hablar hasta 1930, con las excepciones de lugar que confirman la regla, que más que los libros, las revistas y periódicos eran la norma a seguir, sobre todo porque los venezolanos Manuel Flores Cabrera y Horacio Blanco Fombona en sus revistas Renacimiento y Letras democratizaron las publicaciones y publicaban todo lo que producían los literatos en cualquier parte del país, especialmente en Azua, Moca, San Pedro de Macorís, Santiago, La Vega, Higüey, Baní, San Cristóbal y Puerto Plata, donde hubo no sólo publicaciones importantes sino distinguidos poetas y narradores.
Todo el mundo sabía redactar y son raras las erratas o errores a pesar de las formas primitivas de las publicaciones y de que la mayoría no hizo estudios superiores.
Manuel del Cabral con su oído finísimo, y su mimetismo extraordinario para captar matices y aprovecharlos, fue el beneficiario inmediato de estos avances de Tomás, porque a partir de esos poemas está claro que el ultraísmo se metió de lleno en nuestra poesía sin que los poetas que usaban sus recursos lo supieran o lo sospecharan, hasta el extremo de que ningún crítico importante, ni siquiera uno tan avezado como Pedro Henríquez Ureña lo advirtiera. En nuestro estudio del postumismo y el vedrinismo (próximo a publicarse), abundamos más sobre las vanguardias que influenciaron a nuestros poetas.
Pero no abundamos sobre estos aportes de Tomás Hernández Franco que está esperando todavía que nuestros críticos los descubran plenamente. Valga esta nota para iniciar ese viaje a Tamboril.
Manuel Mora Serrano
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