"Quisiera repetir, cosa que hay que hacer mucho en países
como el nuestro que a veces carecen de memoria...
Del espíritu y no del cuerpo es la palabra. Y la palabra es lo mas certero,
lo mas firme y preciso para la denuncia,
la proclama,
la protesta...
Máximo Avilés Blonda
Ay, Rosalía, fue publicado en 2003 por la revista CARAVELLE, del Centro Nacional del Libro, la Universidad de Toulouse le Mirail y la Prensa Universitaria de Mirail bajo los cuidados del Profesor Jacques Gilard, Director de publicaciones.
Ay, Rosalía
Al final me convertí en lo que profetizabas, un cobrador como tú, papá, que recorrías la ciudad en una motocicleta Honda, de ocho a seis. Tocabas a las puertas y no siempre te abrían. La gente prefería hablarte de lejos como a un leproso: vuelva el lunes, estoy esperando un cheque; lo que sea. Pero te sabías cerca de Dios, uno de sus ángeles, de sus ayudantes. Cada cosa tiene su precio y que todo lo que se mueve debajo del cielo requiere un pago, decías; tiempo de prestar y tiempo de cobrar, tiempo de tomar prestado y tiempo de pagar; tenías tu manera personal de interpretar el Eclesiastés, y tenías razón, todos debemos pagar. En eso pienso mientras espero a Rosalía, agachado entre sus vestidos.
¿Te dije que después de tu entierro trabajé en la panadería de mi compadre Luisín? Sí, te lo había contado. Me gustaba mucho ese ajetreo nocturno, y me gustaba aún más hundir las manos en la harina, oler la masa cocida al calor de la leña, sentir mi frente mojada de sudor y probar el pan recién salido del horno; era como si madrugara dentro del Viejo Testamento. Me iba bien con aquel pan orgánico. Los hoteles de la costa nos compraban toda la producción para sus turistas. ¿Y a qué no adivinas quién abrió una panadería orgánica más grande, y nos robó los clientes? Creo que no tengo que decírtelo. Fue duro, viejo, muy duro. Me dije que no valía la pena seguir, que mejor sería probar suerte en Puerto Rico; por lo menos allá ganaría en dólares, podría ayudar a la vieja, enviarle algo de vez en cuando.
¿Tú ya sabes lo de mamá, verdad? Tuvo que vender el terreno cerca de Miches, la pobre, para poder mantenerse cuando te atropellaron. Ella creía que la compañía la iba a ayudar pero tu jefa, la Rosalía, dijo que el accidente ocurrió fuera de las horas de trabajo, que tu horario era hasta las seis y que el accidente ocurrió a las seis y cinco. Insinuó que usabas la motocicleta para asuntos personales, y de casualidad no te acusó de robo. La vieja tuvo miedo de denunciarla y al final la Perales de mierda le dio una limosna. Se me quedó esa rabia por dentro como una fiebre de cuarenta en el pecho. Tuve malos pensamientos por un tiempo, hasta que se me fue bajando y decidí ponerme a trabajar; pero después vino lo del cierre de la panadería y ya no pude aguantar más. Se me metieron ganas de irme. Si me quedaba iba a hacer algo muy malo, viejo. Yo tenía esa maldita Rosalía entre las cejas, como un dolorcito, y sólo la idea de causarle otra pena a mamá me detuvo. Dejé correr la voz y a los pocos días me contactó un hombre de La Romana. Dijo que se llamaba Perelló. Era un cónsul, tú sabes, un organizador de viajes en yola hacia Puerto Rico, de esos que van por los pueblos buscando pasajeros y se ganan una comisión por cada uno. Ese cónsul era el mismo diablo con cédula, papá; lo que se llama un tíguere. Cuando hablé con él me miró de frente sin pestañar, sin que le temblara una arruga de la cara y me dijo con acento boricua, no te preocupes, broder, pronto estarás bebiendo cerveza en San Juan, palabra. Y yo le creí. Veinte mil toletes le entregué; veinte mil. No fue fácil conseguir los pesos. Tuve que vender todo lo que tenía.
Mamá lloró mucho pero ya no había nada que hacer. Una vecina se apareció con un haitiano que era bokó, y el hombre me echó un ensalmo y me dio un resguardo para la suerte. Yo no quería, pero mamá me dijo que nunca sobraban las garantías y me convenció. Después el cónsul vino a recogerme y nos fuimos al punto de reunión. Nos juntamos en una casa en las afueras de Miches. Entre toda esa gente sólo había un conocido y para tan mala suerte que era Toño; tú sabes, con quien tuve aquel problemita una vez, por una mujer. Cuando me vio miró para otro lado, y yo también. Consideré de mal agüero atravesar el mar con un enemigo. Ya estaba hasta por irme cuando una mujer de la Romana me puso conversación; Aurora se llamaba. Al rato comenzamos a hacer planes para cuando llegáramos. Ella tenía una prima que podía darnos trabajo en Mayagüez. Me cayó bien, la Aurorita; tenía unos ojos marrones que me daban cosquillas y unas manitas como de muñeca. Hasta me olvidé de Toño. Estuvimos bebiendo café y hablando, y a eso de las tres comenzaron a llevarnos a la playa en una camioneta en pequeños grupos. A las cinco salía la yola, nos informó el cónsul. Fui de los últimos, por aquello que siempre decías, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos. Aurorita viajó conmigo; no se me quería despegar, como un lunar. Al llegar alguien me dijo que éramos cincuenta; me pareció mucho para una yola. No dije nada, pero apreté contra mi pecho el resguardo que me había dado el bokó. Al momento de subir al bote algunos cogieron miedo. El cónsul les dijo que podían irse si querían pero que se olvidaran del dinero pues él ya lo había entregado a la dueña. Era la primera vez que mencionaba al dueño del viaje, del dinero, de nuestras vidas, el que nunca pierde. Esa vez era un mujer, seguramente alguien de la capital, pero no pensé más en eso porque frente a nosotros se extendía el gran llano oscuro y ruidoso donde pronto nos meteríamos; era todo lo que contaba en ese momento, ese mar que lo llenaba todo: el mundo, los ojos, los oídos, la angustia y los sueños.
Salimos como a las cinco. Estaba oscuro; la luna se había ido al carajo tras unos feos nubarrones. En la playa el cónsul nos dijo adiós como si nos fuéramos de pasadía y nos alejamos en silencio. El agua salpicaba desde la punta y pronto todos íbamos mojados, tiritando sin vergüenza porque podíamos pretender que era de frío. No tardó mucho en amanecer, aunque el sol no salió; se quedó tras la nublazón toda la mañana. El capitán dijo que era mejor así, que nos cubriéramos la cara con algo porque de todas maneras se podía uno quemar con el resol, que así era el mar, un maldito. No me gustó su manera de hablar. Como si masticara trozos de tirria. En la proa las mujeres empezaron un rosario y pronto todo el mundo se metió en la rezadera; hasta yo. No había nada mejor que hacer, de todos modos. A media mañana divisamos una sombra detrás de nosotros, a lo lejos, y el capitán dijo que nos agacháramos porque podían ser los guardacostas. Todos bajamos la cabeza y seguimos rezando en voz baja, aunque algunos también lloraban, calladitos. Ese día hubo de todo; vómitos, llantos, tembladeras, desmayos, crisis de histeria, arrepentimientos. En algún momento el capitán ordenó amarrar a un hombre que exigía volver al punto de partida. Amarra ese perro, le dijo a su ayudante. Siempre decías que en la cara de un hombre se puede leer el alma. Me hubiera gustado que estuvieras ahí y me dijeras lo que leías en aquel rostro, viejo. A mí me lucía la cara de una persona ya muerta, la de un cuerpo sin alma. Me disgustaba aquel hombre que hablaba como si escupiera hiel y acechaba el horizonte con esos ojitos nublados de sombra.
El atardecer se asomó después de una eternidad. La gente quería saber cuando llegaríamos. Pronto, era todo lo que decía el capitán mientras vigilaba al otro bote en la lejanía con malicia. La gasolina se terminó a las seis. El capitán y su ayudante empezaron a maldecir al cónsul por entregarles envases medio vacíos, y en ese momento supe que algo malo iba a pasar. Ningún capitán, por más irresponsable que sea, deja en manos de otro hombre el asunto de la gasolina. Mis sospechas se confirmaron cuando el bote que no había dejado de seguirnos, nos alcanzó y se nos arrimó. La mayoría creyó que venían a rescatarnos y empezaron a gritar de alegría. Pero ahí fue cuando se daño la cosa, viejo. El capitán y su ayudante se tiraron al mar y nadaron hasta la otra lancha. Uno de los pasajeros los quiso seguir pero fue recibido a balazos. Cuando se volteó vi que era el Toño. Todavía estaba claro y pude ver como sangraba. No sé lo que me dio más lástima, papá, si el griterío de la gente o el agua rojiza junto al cuerpo de Toño, y lo que hice es algo que todavía no entiendo: me tiré al agua para salvar al Toño, a mi enemigo; Nadé rápido, sin pensar en nada y logré agarrarlo por el cuello. No te mueras, coño, le dije, pero no me hizo caso. Me miró como si estuviera contento de verme y eso fue todo; lo solté. El cuerpo dio una vuelta como para mirar el cielo una última vez, y se hundió. Me acordé de ti, de la tarde cuando te cubría de tierra en el cementerio y el sabor del mar me llenaba la boca, y el corazón se me agrandaba por dentro. Cuando el Toño se hundió le pedí perdón a la Virgen por lo que iba a hacer y nadé hacia la otra yola. Prefería morir de un balazo en ese momento que de hambre o de sed dentro de unos días, pero ya se iban y me dejaron esperando el tiro de gracia. Pensaba en dejarme tragar por las olas cuando entreví al capitán del otro bote. Sé que no me vas a creer, viejo; era el chofer de Rosalía. En ese momento todo cambió; ya no me quería morir, y mientras nadaba de vuelta se me prendió en la cabeza un merenguito de Juan Luis, el que dice: si tu me abrieras la puerta, ay Rosalía, y desde entonces no se me apaga.
Fue la peor noche de mi vida, papá. Cuando subí a la yola una mujer me abrazó, me dijo palabras que no lograba entender, y con sus dedos de niña me acariciaba la cara. Tardé un rato en reconocer a la Aurorita. Me sentía raro, como si todo hubiera cambiado de repente. Pero sólo yo había cambiado, aunque aún no lo sabía. La yola era como el purgatorio. Los que no lloraban tenían los ojazos tan abiertos por el miedo que parecían lechuzas. La rezadera se hizo más fuerte que nunca. Hasta los más guapos decían su padrenuestro. Yo había leído en los periódicos que a veces los capitanes se echaban al mar cerca de la costa y nadaban hasta la orilla con ayuda de los envases vacíos de gasolina, y dejaban el bote a la deriva en un lugar donde la corriente los alejaba. Así ellos se salvaban y todos los demás se morían de sed, de hambre, o se ahogaban si el bote zozobraba, que era lo más probable pues esas yolas las hacían a escondidas entre los montes sin respetar ninguna norma. Después de todo sólo debían estar a flote treintiséis horas, lo suficiente para cruzar el canal de la Mona. Muchos no querían mirar el mar como si así lo hicieran desaparecer. Otros pegaban gritos como si fueran niños. La mayoría estaba demasiado azorada para hablar o moverse. El tiempo empeoró en la madrugada y las olas crecieron. Desenganchamos el motor y lo vimos desaparecer en el agua. Era lo único que podíamos hacer para equilibrar la yola, aparte de distribuir el peso de los pasajeros. Recordé lo que contaban los periodistas, y los otras historias, las peores, las que no se decían por televisión y había que oírlas de boca de un testigo; las mujeres encinta que abortaban de terror y se morían desangradas; los muchachos que querían seguir vivos a cualquier precio y se comían a los muertos y hasta se peleaban por un pedazo de carne humana, tasajeada, salada con agua de mar y secada al sol. Yo no quería vivir así, no con el sabor de alguien en la boca durante el resto de mi vida. Tenía una razón para seguir vivo. Rezaba junto a los demás pero a veces entre las palabras del padrenuestro se me colaba el nombre de esa perra, esa ladrona, esa hija de la gran puta de Rosalía Perales.
Yo ni reloj tenía, lo había vendido para pagar el viaje; alguien dijo que eras las siete y esa fue la última conversación en aquella yola de mierda que ahí mismito se volteó. Al principio me hundí con el grupo pero me alejé nadando y cuando saqué la cabeza sólo quedaban como diez pasajeros en el agua; a los demás se los había tragado el mar. Alguien trató de agarrarse de mí; era Aurorita, la pobre. Traté de alejarla, empujándola y hasta dándole unas trompadas, pero no se me quería despegar, como una garrapata. Tuve que retorcerle los dedos para que me soltara. Me dijo algo ante de desaparecer, creo que una malapalabra pero no la escuché bien porque aún tenía los oídos llenos del ruido de sus huesitos al romperse entre mis manos. No creas que no me dio pena, me caía bien la mujercita; pero después me dije que le hice un favor; mejor que se muriera de una vez y no que se la comieran viva los tiburones. Esa fue la otra vaina que nos cayó encima. Cuando aparecieron los tiburones pasaron dos cosas: se me salieron los orines y el bote apareció de pronto a mi lado; todavía no sé cual de las dos cosas me salvó. La yola estaba al revés y me dio trabajo subirme. Durante ese tiempo dos tiburones me dieron la vuelta sin morderme aunque tuvieron tiempo de atacarme ya que estuve pataleando un buen rato; creo que me cogieron asco por los orines. Cuando pude encaramarme encima de la yola miré alrededor. No vi a nadie; o se habían ahogado o se los habían comido los pejes.
Debí quedarme dormido porque abrí los ojos en algún momento y alguien me estaba echando voces desde el cielo. Después descubrí que no era el cielo sino la cubierta de un gran barco. Enseguida apareció una enfermera pero yo ya estaba en una habitación blanca y estaba seco. Cada vez que cerraba y abría los ojos la vida como que daba un brinco; hasta que todo volvió a ser más o menos normal. Un médico me dijo que tenía mucha suerte. Me preguntó como me sentía y no pude despegar los labios sólo lo miré de lejos como si hubiera caído en un pozo. Al otro día desperté y había un par de tipos junto a la cama; supe que eran policías antes de que me preguntaran como me llamaba. Yo les dije. Les conté todo salvo lo del último abrazo de Aurorita, en la mar.
Me mandaron en un avión a Santo Domingo en cuanto pude ponerme de pie. Ni siquiera traté de escapar del hospital como me sugirió una enfermera dominicana, una muchachita de Macorís. Yo seguía con el merenguito de Juan Luis en la cabeza pero sólo me acordaba de la música y de una línea: si tú me abrieras la puerta, ay, Rosalía. Era en lo único en que pensaba. Hice muchos planes en la cama del hospital. Me hizo bien hacer planes porque siempre había algo que fallaba. Me dije que debía ser cuidadoso, estudiar a las personas, como tú me aconsejabas; acecharlas para saber cuando están en casa, cuando salen, cuando comen, cuando duermen, y entonces aprovechas el mejor momento y te apareces. Pensabas que no te hacía caso, papá. Hablabas de tus cobranzas, era el único tema en tu repertorio, pero me sirvió; me sirvió de mucho. Fue en aquel hospital que comencé a imaginar un plan. Cuando me deportaron no sabía cómo lo iba a hacer, ni cuando, pero sí que lo haría aunque me llevara el diablo, que Dios me perdone.
Las semanas en la prisión de la capital no me hicieron ni fu, ni fa. Después de todo lo que pasé en el canal de la Mona aquello era como unas vacaciones. Hay que hacerse el pendejo, mijo; eso también me decías; aunque a ti de nada te valió. Maldita Rosalía; primero al padre, y luego al hijo, me dije, pero eso no lo hablé con nadie. Me acordé de una de tus palabras: la vida es un préstamo con altos intereses de la que nadie se va sin pagar; y yo ya pensaba en cobrar. Cuando me interrogaron no les dije nada. No les hablé de Rosalía. Me inventé una sarta de mentiras. El hombre que buscaba los pasajeros y les vendía el pasaje, el cónsul, era un señor de Samaná llamado Gustavo, era todo lo que sabía, les dije. Tuve que hacerlo, papá, la mentira era lo único que podía salvarme porque así nadie me consideraría un peligro. Y resultó, porque a las pocas semanas estaba libre. Si tú me abrieras la puerta, ay, Rosalía, salí cantando de la celda.
Me quedé un tiempo en la capital. Me dije que todavía no estaba listo para volver, pero era mentira. A ti te lo puedo decir: no me conocía; ya no me gustaba el mar, ni el olor del pan. Me acostaba temprano para no tener que mirar el cielo de noche. Pero me llevé de tus consejos; acechar a la gente, averiguarlo todo antes de tocar el timbre, para que me abran. Conseguí un trabajito en la pulpería del primo Romerito, en la capital. Ahí me enteraba de todo, gracias a la familia. Un día me dijeron que Rosalía estaba sonando para gobernadora. Pero tú te imaginas, viejo, Rosalía gobernadora. Hiciste bien en morirte, carajo. Entonces me dije que si la nombran en ese cargo me iba a ser imposible acercármele. Tú sabes como es eso. Escolta por aquí, chofer por allá, militares y policías en la casa día y noche. Tenía que ir a verla, pero ya, viejo, ya.
Llegué de noche en un minibús de los del parque Enriquillo. Lo primero que hice fue ir a una pulpería y comprar una libra de harina de trigo y un galón vacío de aceite que en una gasolinera llené de premium, sin plomo. Después me metí en un colmadón a beber tragos hasta tarde. A eso de la una caminé hasta la calle de Rosalía, me encomendé a Dios, me persigné como siete veces, y le prendí fuego a la casa de al lado. No hay nada como el fuego para atraer a la gente, para hacerlas mirar como embelesados y olvidarse de todo por un momento. No me dio pena quemar la casa de esa gente, los vecinos de Rosalía; de todas maneras ya nada me daba pena. Todo el mundo salió a pendenciar. Allí estaban todos los vecinos, incluyendo a Rosalía, pegando gritos, pidiendo auxilio, hablando por sus celulares, esperando a los bomberos; y allí estaba yo, entre los matorrales, oyendo como la madera ardiente crujía como los dedos rotos de Aurora, respirando el olor de tu motocicleta, viendo como la noche se teñía con la sangre de Toño, mirando la casa de Rosalía que me llamaba en silencio. Me había abierto la puerta, papá.
La habitación de Rosalía huele a perfumes, a cremas con nombres raros,
a lociones para la piel, a dinero, pero esos olores apenas si me llegan porque traje otros conmigo,
más fuertes, más insistentes, como el del pan caliente, el de la sal, el del odio. Sólo espero que
ella no lo note antes de entrar, o que no se le ocurra mirar el ropero donde me he agachado con el
resto de la gasolina, los bolsillo llenos de harina. Voy a esperar que se duerma y entonces la despertaré.
Ella quería ser panadera, será pan para las almas del infierno porque como decías
todo lo que se mueve debajo del cielo tiene tu precio, y a ella le ha llegado el
momento de pagar. Cuando la colcha encendida la despierte yo estaré a su lado,
envuelto en una nube de levadura, para cobrarle la vida, mi alma en pena, para
cobrarle tu muerte, la de Toñito y hasta la de Aurorita. ¿Estás contento?
Tú hijo también va a ser cobrador, como los ángeles del cielo, como tú.
Ay, Rosalía.
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