Artículos y Reflexiones

Salsa Céltica en Nueva York

Por Sophie Maríñez



La rumba de Escocia se desató en el festival del Lincoln Center este verano, con gaitas y congas, trompetas, flautas y violines. Un fuego inesperado recorrió las venas de los integrantes del grupo Salsa Céltica y contagió al público sorprendido. Son, Salsa, Guaguancó y Merengue dejaron oír sus claves musicales sobre un fondo de melodías célticas gozosas. ¿Se puede imaginar alguien una cosa igual?

En un diálogo inusitado entre el Norte y el Sur -en el que por una vez no somos los del Sur los que engullimos las tendencias musicales del Norte, sino que nuestros propios ritmos nos llegan del Norte en forma de homenaje de un pueblo a otro-, la seducción musical se apodera de nuestra sorpresa o desconfianza inicial.

A las cejas otrora alzadas responde ahora una sonrisa de complicidad, y un movimiento irresistible en el cuerpo nos arrastra a la pista de baile donde todos -latinos, escoceses y otros-, se entregan como pueden al delirio de la danza.

La idea original de mezclar ambas tradiciones nunca fue un concepto formal de un artista que un día decidió ''experimentar'' con ambas músicas. Según Toby Shippey, compositor, trompetista y director de Salsa Céltica (www.salsaceltica.com), todo surgió de manera gradual y natural. De apenas 32 años, Shippey descubrió la música latina a los 17 años cuando escuchó ''Oye, cómo va'', de Tito Puente, y pensó que era lo más increíble y maravilloso que había oído en su vida. ''Fue mucho más que cuando oyes rock por primera vez. Quedé enamorado de la música, hice una conexión total'', cuenta Shippey.

Fue así cómo, al crear un grupo musical con unos amigos y al tocar en bodas, decidió interpretar esa canción como parte del ''set'' normal. ''Nos la pasábamos riendo todo el tiempo, nos volvimos locos. Edimburgo es una ciudad pequeña y el escenario para la música folclórica escocesa es inmenso. Muchos de los músicos que conseguí para tocar Salsa son escoceses.

Cuando empezamos les dije: vamos a tocar Son Montuno y va así, tun, tun, tun, y cuando vinimos a ver ya teníamos una banda que se llamaba Salsa Céltica.

A veces, tocábamos en bodas. La gente buscaba una banda que tocara Salsa pero nos pedía que tocáramos música escocesa para la primera parte de la boda. Fue así cómo poco a poco fuimos mezclando las dos músicas. Ocurrió de manera muy natural. En Escocia hay muchos grupos que fusionan la música céltica con música africana o con base alemana. Hay una gran tradición de hacer mezclas.

Pero somos el único grupo que mezcla la música folclórica escocesa con Salsa''. Sin duda, una gran idea, dado el boom de la salsa en el mundo. Salsa Céltica ya ha recorrido varias ciudades del mundo y ha hechizado a los públicos más disímiles. En Irlanda, donde los DJs apenas están empezando a tocar salsa, el ritmo está teniendo mucho éxito. ''Llegamos a tocar en sitios donde la gente no sabía lo que era la Salsa y no sabía cómo bailarla.

Reaccionaban de manera natural ante la música, comenzaban a moverse sin intentar dar los pasos correctos, y les encantaba''. Igualmente, en Islas Canarias, donde hay raíces célticas que vienen de España, tuvieron mucho éxito. En Norteamérica, se acaban de presentar en Toronto, Nueva York, Los Angeles y San Francisco, y pronto llenarán un apretado programa de presentaciones en Europa, donde también se vaticina un triunfo seguro. ¿Y Latinoamérica?

''No hemos ido porque no nos han invitado, pero sí nos encantaría ir. Sólo hemos ido a Cuba, pero no a tocar, sino a aprender con los maestros de la música''. Si bien es el talento y el amor por la música latina lo que les ha granjeado su éxito, a nuestro parecer, tanto o más que eso, es el aporte de la música folclórica escocesa -atenuada a veces, resaltada otras- lo que distingue a este grupo de otros que vienen de países donde los ritmos latinos no son la tradición.

Hemos escuchado la salsa y el merengue tocados por japoneses y finlandeses, pero sólo nos asombraron por su capacidad para captar, entender y tocar los ritmos latinos. En ninguno de ellos se sentía el sabor original japonés o finlandés. Salsa Céltica, en cambio, es un ''morir soñando'' musical. Ingredientes tan disímiles como la gaita y la conga se casan a la temperatura perfecta, en cantidades precisas y en el orden necesario para que dos tradiciones musicales, que en otras condiciones se ''cortarían'', ahora se tomen la una a la otra para el profundo gozo y deleite de los casamenteros (músicos) y testigos (bailadores).
Quiero decir, es una sensación insólita la de conectarse bailando salsa y de repente oír gaitas como si cayeran del cielo, para luego volver al ritmo familiar de la conga, y de nuevo la gaita, y de nuevo la conga, y todo bien tocado, delicioso, acompasado, sin lagunas ni inventos descabellados.

Shippey reconoce que, al igual que un ''morir soñando'', la salsa céltica es una combinación muy difícil de lograr. ''Es fácil mezclar música folclórica escocesa con música africana porque ambas son simples, pero cuando vas a mezclar con Salsa, es difícil hacerlo sin destruirla, y sin destruir la música escocesa, y terminar con algo que suene bien de verdad.
Bueno, no es tan difícil, sólo tienes que hacerlo con amor, buscarle la vuelta''. Y en efecto, amor y talento se sienten, pero sobre todo gozo, y no sólo en sus presentaciones en vivo sino también en su CD más reciente ''The great scottish latin adventure'' (La gran aventura latina escocesa).

La sorpresa del verano, junto a Manu Chao (quien este año vino por primera vez), Salsa Céltica es, en materia de música latina, el grupo más fascinante que ha pasado por Nueva York este año. Después del Lincoln Center, se presentó en varios clubes del Village: Nell's, Lion's Den y Hush, donde también calentó las ganas de bailar.

Definitivamente, Salsa Céltica se las trae y va a dar mucho de qué hablar. Sólo es cuestión de tiempo para que arrase también por los escenarios del Caribe y Latinoamérica.


Publicado originalmente en Listín Diario, Santo Domingo, República Dominicana, en agosto del 2001.

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Pays mêlé des Antilles :
conversation sur un merveilleux perdu

Par Sophie Maríñez



Thaël quitta sa maison,
et le soleil baignait déjà
la rosée mariée aux points de rouille du toit.

(Edouard Glissant, La Lézarde)


Dès que j'ai lu cette première phrase, j'ai compris qu'il s'agissait d'un poème, un roman de poète qu'il fallait lire comme un long poème et non pas comme une histoire.
Il allait s'agir d'un poème où les descriptions seraient toujours différées par quelque chose d'autre, par des images, des rapports, des relations, des contacts avec le monde. Et ce poème m'a plongée dans mon enfance et dans mes souvenirs de la campagne dominicaine. Ce soleil m'a fait penser à cette braise de chaleur toujours présente sauf au moment de la rosée, au petit matin, seul moment de fraîcheur de la journée, où cette rosée est comme le ciel violet, rose, orange, puis jaune d'une aurore qui a encore quelques étoiles blanches, oubliées par la nuit qui part.

Le poème m'a rappelé les flamboyants et les autres grands arbres de la colline où j'allais, lors des vacances d'été de mon enfance (ce n'était pas la montagne, mais la loma, une colline qui était, elle aussi, un pays du merveilleux) ; il m'a rappelé les canaux d'irrigation et les ruisseaux au bas de la colline où mes cousines et moi allions faire grincer notre linge contre les pierres mouillées. Et puis il m'a ramenée aux nuits noires sans électricité, où la seule chose à faire était de s'asseoir tous ensemble autour d'un feu où l'on cuisait des patates douces tandis qu'on écoutait les vieux raconter les histoires de Juan Bobo et Pedro Alimaña.

Et j'ai senti l'odeur du café colao, fait sans cafetière, tout juste coulé dans un morceau de tissu et gardant la saveur des graines fraîches et moulues au mortier du matin. Et j'avais à peine huit, neuf, dix ans, que je savourais déjà des gorgées de ce petit plaisir du campo alors qu'il ne faisait pas encore chaud du tout.

Et je me dis que c'est peut-être parce que je venais de l'ailleurs que cette colline est restée en moi. Peut-être que lorsqu'on y est né, on ne fait pas attention à cette chaleur, ni aux couleurs, ni aux sons, ni aux odeurs, ni aux saveurs de ce monde. On en a l'habitude. Mais moi, j'écoutais les cigales et les grillons dans la nuit noire et j'essayais d'attraper les cocuyos qui luisaient de leurs lumières sentinelles. On me disait que c'était des espíritus, des muertos. Et à l'aube, il y avait aussi les chants des coqs qui se répondaient les uns les autres.

Et lorsque le soleil s'était déjà levé, il y avait les poules et les pintades sauvages qui caquetaient. Le matin, on me donnait du lait chaud trait des vaches et des chèvres. Et, par les après-midi de chaleur tuante, on s'asseyait sous les arbres, sur des chaises de cana (feuilles de palmier séchées), là où il y avait une pointe de brise pour nous tenir au frais, et je ne me lassais jamais de sucer les mangues et les cajuils jusqu'à ce qu'ils deviennent blancs sans jus.

J'apprenais encore à bien rouler mes " r "... J'étais là avec Dulce, la cousine de mon père, son mari Luis et tous leurs enfants, une demi-douzaine de jeunes hommes et femmes qui avaient entre 24 et 16 ans. María était la plus amusante. J'adorais María.

Elle m'apprenait des tas de choses et m'amenait partout avec elle, même à Pizarrete, le petit village au pied de la colline. Et les autres, dont je ne me rappelle plus les noms. Mais ils sont tous partis maintenant. Il n'y a plus de colline. C'était " faire du progrès " que de partir, laisser la colline et descendre vivre dans le village de Pizarrete, ou à Baní, la ville la plus proche, où on avait l'électricité et l'eau courante. Ou alors on partait à New York, au Bronx et à Washington Heights, pour faire un travail autre que celui de la terre. Ils sont tous partis. Ils ont pris la mer, eh oui. La mer, c'est l'avenir, n'est-ce pas. Et ce n'est que dans La Lézarde que je les retrouve. C'est ça, La Lézarde, pour moi.

Après (dans La Lézarde aussi), il y a eu le fleuve sale de la ville, le Río Ozama, où l'on ne peut pas se baigner à cause de la pollution.
Et j'ai revu les eaux sales de terre qui se déversent dans la mer après les orages. Et j'ai revu la mer des Caraïbes plate, douce et tranquille alors que l'Océan Atlantique est une grande masse qui rugit et qui effraie.

Et j'ai revu les palmiers, que j'aimais imaginer comme faisant des révérences pour moi seule alors que j'avançais sur la route menant aux plages de l'est. Oui, j'ai tout revu dans La Lézarde. Et j'ai été amusée lorsque les amis du jeune narrateur (un enfant lui aussi) lui demandent de raconter leur histoire, " d'en faire un poème ”, parce qu'il y a partout ce désir de raconter notre histoire au monde.

Mais en fait, est-ce que c'est l'histoire qui compte ? L'histoire, on la connaît tous. C'est toujours la même : faim, misère, lutte, souffrance.
Et lorsqu'on la lit dans les cours de littérature à l'étranger, est-ce que ça nous avance à grand-chose de l'analyser ou d'en classer les éléments (voix narratrices, nombre de chapitres, suite des événements) ? Ce qui compte, c'est cet effet dans le coeur et dans la mémoire lorsque nous laissons libre notre pensée et que nous retrouvons le poème dans les souvenirs de notre enfance.

La seule chose qui m'a attristée dans ce roman, c'est la fin parce que Valérie meurt mangée par les chiens de Thaël. Est-ce que cela veut dire que, comme Valérie, on ne peut plus retourner au pays du merveilleux ? Est-ce que, comme dans les légendes, il y a des ponts d'eau qui marquent un passage sans retour d'un monde à l'autre ? Est-ce que cela veut dire que le pays des légendes devient le pays des monstres ? Où est-ce que, tout simplement, cette fin est un peu comme la fin de la colline à Pizarrete, qui a disparu de la géographie dominicaine puisque personne n'y habite (je ne sais pas, je n'y suis jamais retournée).

On me dit que les gens (tous ces cousins et cousines qui faisaient un grand village), les gens qui y sont retournés, ont apporté avec eux des voix et des habitudes du Harlem et du South Bronx. Et que ce n'est plus pareil maintenant. Alors, est-ce que c'est la mer qui est rentrée dans la montagne ?
Est-ce que, dans La Lézarde, la mort de Valérie veut dire que les bêtes et les arbres changent aussi quand les hommes changent (Thaël avait changé) ? Si je retournais sur la colline, est-ce que les bêtes me mangeraient le souvenir ?

Est-ce que j'y trouverais l'odeur de la drogue à la place de celles du café et des mangues ; est-ce que j'y trouverais des gros stéréos vibrants de rap et de hip-hop à la place des bruissements du vent dans les feuilles, des cris des bêtes et des chants des cigales ; est-ce que j'y trouverais tout ce qu'il y a de plus ordinaire dans le monde du quotidien ultra-moderne des grandes villes ? Comme Valérie, j'ai peur des bêtes du Pays-Mêlé. Il faudra prendre garde si jamais un jour j'y retourne !

Et c'est peut-être là qu'on trouve l'histoire du réel : la misère et la faim qui poussent les gens vers la mer. Mais, ces choses deviennent, elles aussi, partie du poème. Et c'est pour cela que Thaël attachera les bêtes à la source jusqu'à ce qu'elles meurent de faim. Parce que c'est seulement dans la Maison de la Source que l'on peut, peut-être, vaincre les monstres.

Texte inédit. City University of New York, avril 2004.

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El equilibrio de los sexos

Por Sophie Maríñez

La novela Song of the water saints (Canto de las santas de agua), de Nelly Rosario, es la saga de cuatro generaciones de mujeres impetuosas, vehementes, dueñas de sus propios destinos. Empieza en 1916, en Santo Domingo, cuando nos dominaba la espuela militar norteamericana, y termina en 1999, en Nueva York, donde generaciones enteras de dominicanos se han refugiado, expulsados por la incompetencia de una serie de gobiernos para garantizarles una vida decente en su propia tierra. Sin embargo, la novela no se detiene en lamentos, sino que asume la realidad sin llegar al otro extremo de convertirla en algo exótico, revelándola con digno equilibrio literario entre la pobreza material y la riqueza de recursos con que la gente enfrentaba y sigue enfrentando la vida.

Recientemente publicada en inglés por Pantheon Books, la novela narra la vida de una mujer de principios del siglo veinte, Graciela, de ojos llenos de océano y piel hirviente de pasión. Es la historia de un amor inconcluso, en la que no se sabe si el príncipe antiguo de Graciela, Silvio, desaparece tragado por el mar o en manos de los yanquis. La hija de ambos, Mercedes, crece en la novela hasta que se convierte en la abuela de Leyla, a quien tiene que vigilar durante su adolescencia turbulenta en el Nueva York de fines de milenio.

''Canto de las santas de agua'' es una novela de mujeres indómitas: Mai, Graciela, Mercedes, Amalfi, Leyla, todas luchan por su propio destino, sin importarles los hombres o a pesar de ellos. En cambio, los hombres aparecen y desaparecen después de hacer sus trastadas. Algunos embarazan a la mujer, otros la contagian con enfermedades foráneas; y si son estériles, la vergüenza recae en sus mujeres. Otros, como Casimiro y Andrés, son como actos poéticos: personajes que, sin dejar de ser algo machistas, pertenecen al mundo de los sueños porque aman de verdad a sus mujeres. Pero también hay los que le quitan la poesía al amor, y éstos son los apresurados, los que de tanta urgencia olvidaron que los besos también existían. Por suerte, los tenemos a todos, y por eso encontramos a Mustafá, el árabe que enseña a Mercedes las artes de los negocios, a Ismael, el hijo de Mercedes, hombre decidido y primero en emigrar a los Estados Unidos y llevarse a la familia con él. Es esta exquisita selección de hombres y mujeres la que contribuye al sensual equilibrio entre los sexos en la novela.

El contexto ''Canto de las santas de agua'' es también una deliciosa novela del campo. La ciudad de Santo Domingo de principios del siglo veinte tenía poco que la distinguiera de lo rural: se vivía en ranchos con techo de cana; la cocina y el bañ o estaban separados del resto de la vivienda; se cocinaba con leña y se lavaba la ropa en el río junto a las otras mujeres con quienes se tejían los chismes y los pleitos del día.


Los vecinos se cuidaban y se vigilaban los unos a los otros. En aquel contexto rural, y luego en el terreno urbano y contemporáneo de Nueva York, es interesante ver no sólo la manera en que se manifiesta la fuerza de los personajes femeninos, sino también la relación que existe entre ellos, la cual casi siempre es conflictiva. Las madres e hijas de la novela, por ejemplo, son mutuamente incomprendidas y viven desencuentros permanentes: Mai, la primera madre, es tradicional y dura con su hija y pocas veces conversa con ella salvo para regañarla; Graciela, la segunda e inquieta madre, prácticamente abandona a su hija y le espanta los enamorados; y ésta, Mercedes, crece sola para al final hacerse cargo de una nieta, Leyla, que se parece cada vez más a su sensual bisabuela. Otros momentos reveladores de la hostilidad entre mujeres aparecen en episodios situados en el mundo de la prostitución, en el de los conventos católicos, así como en la relación entre doméstica y dueña de casa.

Un aspecto extremadamente interesante de la novela son los juegos con elementos lingüísticos y culturales. El inglés de la autora ''habla'' en español dominicano cuando, sin necesidad de traducciones, utiliza los recursos de nuestra lengua y de nuestra cultura, enriqueciendo con ello el lenguaje literario norteamericano. Por ejemplo, en el inglés de Song of the water saints encontramos que Mercedita ''is fresh-mouthed'', es decir, que es una ''fresca'' cuando le habla a su padrastro Casimiro; descubrimos que Graciela nació con ''a hot leg'', es decir, con ''la pata caliente'' y tiene miedo de ''get her face paralized'', o sea, tiene miedo de ''pasmarse'' si entra a ambientes con temperaturas distintas. Además, en toda la novela se recrean elementos de nuestra cultura rural: los vecinos se traen platos de comida cuando el hambre aprieta, las mujeres dan a luz con comadronas y éstas entierran la placenta; los hombres juegan a los gallos; y a los muertos se les rezan avemarías.

Por último, la novela no es sólo de amor y de idiosincrasias o de relaciones de género y de clase. También en ella se hace referencia a momentos clave del contexto histórico y político en que transcurrió la vida de las mujeres y los hombres dominicanos del siglo pasado: la invasión norteamericana de 1916-1924, la era de Trujillo, la masacre haitiana de 1937, y finalmente, el desastre económico que empujó a cientos de miles de dominicanos a emigrar a Estados Unidos durante las décadas de los ochentas y noventas. Es así como la lectura de Song of the water saints puede convertirse no sólo en un acto de deleite literario, sino también en un momento de reflexión sobre nuestra historia social a partir de la perspectiva de la mujer campesina dominicana de ayer y de la mujer emigrante del presente.
Por consiguiente, el gran valor de esta obra va más allá de su evidente contribución a la literatura contemporánea en inglés: al reconocer parte de nuestro pasado se propicia la plataforma para entender y valorar nuestro presente.

Publicado originalmente en Listín Diario, Santo Domingo, República Dominicana, el 24 de marzo del 2002.

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